Hoy he oido decir que es muy importante tener claro el recorrido físico que hemos hecho en la vida, porque es el que explica nuestro recorrido moral. O algo así.
Y para hacerlo proponían elaborar un relato a partir del sitio que hemos ido ocupando en clase, desde párvulos hasta que dejamos la universidad.
Yo empecé en el medio de la clase, sitio que abandoné para irme a la primera fila a la altura de tercero de primaria, pero no era yo quien elegía, sino otros, que sobre mí tenían ascendencia, y a fe que me la hacían reconocer si la ponía en duda. A hostias. Acabé la primaria otra vez en el medio, lugar que no abandoné hasta segundo de secundaria. Entonces me fuí a la última fila, y empecé a odiar a los que elegían la primera. En el gallinero me afinqué hasta el final de mis días de estudiante, con un paso fugaz por el medio cuando el amor se cruzó en mi vida y el amor se sentaba, otra vez, en mitad de la clase.
Me justificaba diciendo que desde el fondo siempre se tiene más perspectiva. Chorradas. Desde el final de la clase no se oye nada.
Y así acabé. Con presbicia y presbiacusia. De lo de la moral, ni sé.
sábado, 7 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
zapatos planos

Parece que vive en un piso de esos del barrio de Salamanca con techos tan altos que los varones tienen que hacer pis sentados, por miedo a que el eco haga sentir una intempestuosa granizada de verano donde no hay otra cosa que una micción de tres al cuarto.
A las noches llega a casa derrengada, y no tiene el cuerpo más que para sentarse con su marido y sus hijos a cenar y compartir fatigas y alegrías. Sólo cuando los vapores del ribera del duero llegan al cerebro y este emite las órdenes que liberan la lengua de las cadenas que le impuso el cargo, ella se anima a proponer un juego:
- venga, va, a ver a quien se le ocurre la chorrada más gorda para decir mañana a los periodistas. Algo que los descoloque bien.
- cántales "qué bonitos ojos tienes", y así cambias el rollo ese de que "son ustedes muy amables, muchas gracias" dijo uno.
- que Gallardón y tú fuisteis novios antes de conocer a papá, apuntó otro.
- algo que haga que te miren a los pies, que haces mala cara, mamá, de verdad, sugirió el último.
El final ya lo sabéis:
- Ya saben ustedes que cuando llevo zapato plano no hago declaraciones. Son ustedes muy amables, muchas gracias.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Del 48 al 23.
Había una vez un país en el que a los niños empollones les ponían chicle en el asiento de la escuela y los arrinconaban contra la pared cuando jugaban al palizón.
No solamente los niños eran unos miserables, también los gobiernos y las instituciones, de manera que cuando el niño empollón decidía dedicar su vida a la investigación científica e iba al ministerio, ya hecho un hombrecito, a pedir una beca, al funcionario que atendía se lo tenían que llevar las asistencias médicas, porque del ataque de risa que le daba se quedaba sin respiración.
El joven emigraba en busca de mejor suerte, y cuando la encontraba, se quedaba a vivir en el país de acogida, se casaba con una joven del lugar, tenía hijos e hijas que servían a la nueva patria, y hacía nuevos amigos, también científicos, como él.
Una vez, el joven rey de aquel país tuvo algo parecido a un insomnio. Como no podía dormir, salía a mirar por la ventana. Y no veía más que a merluzos, los mismos que arrinconaban a los empollones jugando al palizón, pero ya mayores. Le daba pena ver el erial en el que se iba convirtiendo el suelo patrio, y no podía dormir.
Convocó a sus consejeros y les dijo que había tomado una decisión. Bajaría el tipo del IRPF para los sueldos altos del 48% al 23% para aquellos científicos nacionales que había repartidos por el ancho mundo que quisieran retornar. Y si con ellos se traían a unos amiguetes del destierro, de los que enriquecen el mundo de las ciencias y de la cultura, pues estupendo. Su majestad premiaría su venida con las mismas ventajas fiscales. Los consejeros alabaron la sabiduría del rey, que con su medida consiguió enriquecer el país con mentes más preclaras del universo.
Pero uno de los consejeros era miembro a su vez del Consejo de Administración de un poderoso club de fútbol, y releyendo el bando real encontró en él un resquicio que debidamente explotado le reportaría pingües beneficios. Amparándose en que la medida era para favorecer la llegada de genios del mundo de las ciencias y de la cultura, y aprovechando que el fútbol era un fenómeno cultural, de la cultura llamada "de masas", más concretamente, fichó a lo más granado del balompié mundial, pagando sueldos seis o veinte veces más altos que los que se pagaban a los que luchaban contra el tumor cerebral y el cáncer de mama.
Los futbolistas se hacían de oro, el consejero también, porque cobraba unas estupendas comisiones por su gestión, y la Hacienda del Estado y los contribuyentes en general fueron viendo cómo al mirarse cada mañana en el espejo se les quedaba más cara de gilipollas.
Hasta que el rey de hartó y dijo que ya estaba bien de chorizos. Desterró al consejero, vetó la entrada de más futbolístas y les dijo a todos los que ya estaban que tenían cinco años para sacarse una carrera de ciencias e inventar una vacuna que sirviera para algo. Si no querian tener que devolver todo lo que habían ganado de más.
Amenazaron los muy brutos con ir a la huelga, pero antes de que lo hicieran, el rey les cortó la cabeza.
No solamente los niños eran unos miserables, también los gobiernos y las instituciones, de manera que cuando el niño empollón decidía dedicar su vida a la investigación científica e iba al ministerio, ya hecho un hombrecito, a pedir una beca, al funcionario que atendía se lo tenían que llevar las asistencias médicas, porque del ataque de risa que le daba se quedaba sin respiración.
El joven emigraba en busca de mejor suerte, y cuando la encontraba, se quedaba a vivir en el país de acogida, se casaba con una joven del lugar, tenía hijos e hijas que servían a la nueva patria, y hacía nuevos amigos, también científicos, como él.
Una vez, el joven rey de aquel país tuvo algo parecido a un insomnio. Como no podía dormir, salía a mirar por la ventana. Y no veía más que a merluzos, los mismos que arrinconaban a los empollones jugando al palizón, pero ya mayores. Le daba pena ver el erial en el que se iba convirtiendo el suelo patrio, y no podía dormir.
Convocó a sus consejeros y les dijo que había tomado una decisión. Bajaría el tipo del IRPF para los sueldos altos del 48% al 23% para aquellos científicos nacionales que había repartidos por el ancho mundo que quisieran retornar. Y si con ellos se traían a unos amiguetes del destierro, de los que enriquecen el mundo de las ciencias y de la cultura, pues estupendo. Su majestad premiaría su venida con las mismas ventajas fiscales. Los consejeros alabaron la sabiduría del rey, que con su medida consiguió enriquecer el país con mentes más preclaras del universo.
Pero uno de los consejeros era miembro a su vez del Consejo de Administración de un poderoso club de fútbol, y releyendo el bando real encontró en él un resquicio que debidamente explotado le reportaría pingües beneficios. Amparándose en que la medida era para favorecer la llegada de genios del mundo de las ciencias y de la cultura, y aprovechando que el fútbol era un fenómeno cultural, de la cultura llamada "de masas", más concretamente, fichó a lo más granado del balompié mundial, pagando sueldos seis o veinte veces más altos que los que se pagaban a los que luchaban contra el tumor cerebral y el cáncer de mama.
Los futbolistas se hacían de oro, el consejero también, porque cobraba unas estupendas comisiones por su gestión, y la Hacienda del Estado y los contribuyentes en general fueron viendo cómo al mirarse cada mañana en el espejo se les quedaba más cara de gilipollas.
Hasta que el rey de hartó y dijo que ya estaba bien de chorizos. Desterró al consejero, vetó la entrada de más futbolístas y les dijo a todos los que ya estaban que tenían cinco años para sacarse una carrera de ciencias e inventar una vacuna que sirviera para algo. Si no querian tener que devolver todo lo que habían ganado de más.
Amenazaron los muy brutos con ir a la huelga, pero antes de que lo hicieran, el rey les cortó la cabeza.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Increíble
- "No acredita suficientemente los motivos para entrar en el país"
Tan ancho se quedó el policía de Barajas cuando rechazó a un niño de siete años, de nacionalidad argentina, que venía con su padre, de nacionalidad colombiana, residente regular en España. Los papeles del reagrupamiento estaban en regla, pero el policía no.
Tampoco lo estaba el que no dejó entrar al batería de Divididos, un grupo de música argentino , y sí al resto de la banda. Ya se sabe que de los baterías no puede uno fiarse. Y a lo mejor tocan muy fuerte.
La ley es la ley y el policía, eso lo sabe todo el mundo, es un servidor de la Ley.
Antes que de las personas.
Increíble.
Lo cantaba bien Bob Dylan, ¿recordáis los mayores?, ¿cuando rimaba el honey y el money para hablar de los que buscaban el país de la miel y se encontraban con el del dinero?
Pues eso
martes, 3 de noviembre de 2009
Mascletá
Dice el doctor Nicolás González, neumólogo y experto en problemas respiratorios relacionados con el sueño, que las personas que roncan privan a su compañero de dos años de sueño por cada 24 de vida en común. A mi me parece mucho. No creía que hubiera nadie que aguantara veinticuatro años ese suplicio. Ni veinticuatro días. Si el otro ronca, tú no duermes, y si no duermes, no vives. Te tiras veinticuatro años durmiéndote por las esquinas al día siguiente, con un humor de perros, perdiendo un amigo por mes de hartos que acaban de tus bufidos, y luego muchos roncadores no devuelven los años robados. Y eso está feo.
Yo un día que terminé durmiendo en el cuarto de baño de un albergue de montaña pensé que lo habia visto todo en ronquidos. Aquel salvaje atravesaba con ellos puertas blindadas y paredes de hormigón.
En su casa tenían instalados unos paneles de esos que ponen en las autopistas para separarlas de las viviendas cercanas, y tenían que sustituirlos por otros nuevos cada año debido al deterioro que sufrian.
Los que vivían con él tenían un seguro de nervios, y cuando los perdían y cometían alguna tropelía, la compañía les abonaba un tanto.
Pero resulta que no, que no lo había visto todo. El afamado doctor arriba citado dice conocer el caso de un señor con un ronquido de 80 decibelios, el ruido equivalente al de un petardo. Su nombre estaba registrado en varios hoteles a fin de no dejarle alojarse, porque el ruido alcanzaba tres pisos arriba y tres pisos abajo. Eso en vertical. Dios mío.
Su mujer lo echó de casa y los del 092 del municipio, y la policía autónoma de la comunidad. Y cuando el Gobierno estaba a punto de desterrarlo, encontraron la solución. Dormía de día en pueblos de la Comunidad Valenciana, le acoplaban la megafonía y se ahorraban la pólvora de la mascletá. Y a las noches trabajaba en el servicio comarcal de recogida de enseres.
Si el que se agobia con los problemas es porque quiere.
Yo un día que terminé durmiendo en el cuarto de baño de un albergue de montaña pensé que lo habia visto todo en ronquidos. Aquel salvaje atravesaba con ellos puertas blindadas y paredes de hormigón.
En su casa tenían instalados unos paneles de esos que ponen en las autopistas para separarlas de las viviendas cercanas, y tenían que sustituirlos por otros nuevos cada año debido al deterioro que sufrian.
Los que vivían con él tenían un seguro de nervios, y cuando los perdían y cometían alguna tropelía, la compañía les abonaba un tanto.
Pero resulta que no, que no lo había visto todo. El afamado doctor arriba citado dice conocer el caso de un señor con un ronquido de 80 decibelios, el ruido equivalente al de un petardo. Su nombre estaba registrado en varios hoteles a fin de no dejarle alojarse, porque el ruido alcanzaba tres pisos arriba y tres pisos abajo. Eso en vertical. Dios mío.
Su mujer lo echó de casa y los del 092 del municipio, y la policía autónoma de la comunidad. Y cuando el Gobierno estaba a punto de desterrarlo, encontraron la solución. Dormía de día en pueblos de la Comunidad Valenciana, le acoplaban la megafonía y se ahorraban la pólvora de la mascletá. Y a las noches trabajaba en el servicio comarcal de recogida de enseres.
Si el que se agobia con los problemas es porque quiere.
lunes, 2 de noviembre de 2009
A ver si no es para matarlo
Había tenido una semana indecente. Dos hijos en la ESO y dos amonestaciones escritas por conducta gravemente contraria a la convivencia habían agotado su paciencia, que no era mucha. Una fue para Verenice, por decirle al profesor que se las iba a ver con su padre y otra para Venancio, porque se le había caído sin querer un escupitajo por la ventana, que lamentablemente fue a dar en la bata de una profesora que pasaba por ahí.
El caso es que llegó al estadio calentito. Y la emprendió con el colegiado, el cual, pobrecito, tampoco parecía haber llegado al partido después de haber pasado unos días felices, y no daba una a derechas.
Al principio eran unos insultos estándar, y unas faltas de respeto, que, aún dentro de la grosería, encajaban perfectamente en el género literario que se usa en la gradería. Mediado el primer tiempo empezó a acompañar el verbo del gesto desaforado, violento, cargado de energía negativa. Y rondando la media hora, después de que el árbitro pitara una falta a favor y no castigara al infractor con penalty y expulsión, se levantó, se giró, y nos gritó a los dieciocho o veinte que ocupábamos los asientos de atrás:
- a ver si no es para matarlo...!!!
Todos asintieron con generosos movimientos de cabeza, en parte porque compartían la indignación del enajenado y en parte para que se diera la vuelta enseguida y les dejara en paz.
Pero a mí me pilló en otro asunto, ya que estaba inclinado hacia la derecha intentando captar con la fosa nasal de ese lado los efluvios de un cohiba que se estaba fumando un señor, y así sacar los aromas de marihuana que me estaban entrando por el otro orificio, por obra y gracia de algún desubicado que se había confundido de escenario.
- Tú, gafitas, a ver si no es para matarlo, digo!!!
Repitió dirigiéndose a mí, porque vió que no le atendía.
- Tienes toda la razón, contesté. Y no dejarle volver a entrar en un campo hasta que no haga un programa de desintoxicación, que me tiene atufao!
Se giró de nuevo y siguó insultando al pobre trencilla andaluz:
- Intoxicao!!!, atufao!!!
El caso es que llegó al estadio calentito. Y la emprendió con el colegiado, el cual, pobrecito, tampoco parecía haber llegado al partido después de haber pasado unos días felices, y no daba una a derechas.
Al principio eran unos insultos estándar, y unas faltas de respeto, que, aún dentro de la grosería, encajaban perfectamente en el género literario que se usa en la gradería. Mediado el primer tiempo empezó a acompañar el verbo del gesto desaforado, violento, cargado de energía negativa. Y rondando la media hora, después de que el árbitro pitara una falta a favor y no castigara al infractor con penalty y expulsión, se levantó, se giró, y nos gritó a los dieciocho o veinte que ocupábamos los asientos de atrás:
- a ver si no es para matarlo...!!!
Todos asintieron con generosos movimientos de cabeza, en parte porque compartían la indignación del enajenado y en parte para que se diera la vuelta enseguida y les dejara en paz.
Pero a mí me pilló en otro asunto, ya que estaba inclinado hacia la derecha intentando captar con la fosa nasal de ese lado los efluvios de un cohiba que se estaba fumando un señor, y así sacar los aromas de marihuana que me estaban entrando por el otro orificio, por obra y gracia de algún desubicado que se había confundido de escenario.
- Tú, gafitas, a ver si no es para matarlo, digo!!!
Repitió dirigiéndose a mí, porque vió que no le atendía.
- Tienes toda la razón, contesté. Y no dejarle volver a entrar en un campo hasta que no haga un programa de desintoxicación, que me tiene atufao!
Se giró de nuevo y siguó insultando al pobre trencilla andaluz:
- Intoxicao!!!, atufao!!!
domingo, 1 de noviembre de 2009
Neruda
Me gustas cuando callas porque estás como ausente
Después de una tarde de lluvia encerrado en casa con él, preparando un examen de inglés, otro de lengua y otro de mate, secuenciados sin piedad uno detrás de otro por alguna docente malintencionada y rencorosa (no sé qué le habia hecho yo), y en un momento de tregua en el que llevaba diez minutos sin hacer añicos la lengua de Shakespeare y de Paul Gascoigne, en silencio total, el verso de Neruda me acarició el corazón, y corrí veloz a rescatar el libro que lo contiene de la estantería de los libros olvidados (debéis saber que también tengo una estantería para los libros olvidados, que se dividen en dos, los que se han olvidado de devolverme y tengo que volver a comprar poque no soporto su ausencia y los que he dejado olvidados en algún sitio y tengo que volver a comprar porque no puedo vivir sin ellos).
Y leí el poema completo.
Y cuando terminé, se lo recité, mirándole a los ojos de vez en cuando.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Esperaba una reacción como de corazón encogido, porque le temblaba el labio inferior. Entonces dijo:
- ¿puedo ver la tele?
Callé, pensando que yo también le hago bien a él cuando callo. Y devolví el libro a su sitio.
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